por Pamela Wehrhahne

“Perdoname Ana que te moleste. Me incomoda interrumpirte cuando estas trabajando, pero no tengo oportunidad de hablar con vos en otro lugar que no sea este. Hace tiempo que quiero decirte algo. Exactamente desde el día en que entraste a la oficina por primera vez… Siempre recuerdo ese momento. Tu pelo largo y rubio. Esos ojos celestes, aun prístinos por no haber sido enturbiados por las miserias de la vida. Tu paso seguro hacia el escritorio que era de Lopez antes de que renunciara. Y por sobre todas las cosas, tu voz. “Soy Ana” te presentaste y esas dos palabras repiquetearon en mis oídos toda la noche.
Porque te confieso que esa noche, la noche de aquel día en que te vi por primera vez, no dormí. No pude. Tu belleza me produjo insomnio. Vos me dirás “con los años que usted tiene don Julio, habrá visto cientos de mujeres hermosas”. Y si…no te lo voy a negar, las he visto de a montones. Pero ninguna con una belleza como la tuya Ana. Una belleza que en su juventud, conmueve. Una hermosura que hace carente de sentido al Arte, que no podría recrearla jamás en toda su magnificencia. Una preciosidad que desafía al Olvido, que ante tu hermosura deja de existir, porque la tuya Ana, es una belleza que permanece, perpetuándose en el tiempo.
Cuando dan las seis y me voy de la oficina, mi alma pena. En este mundo hecho de ausencias, la falta que más me duele, Ana, es la tuya. Y esta añoranza hace que mis noches sean eternas. Pero es una eternidad llena de vos porque al cerrar mis parpados te descubro tallada a cincel en mis retinas; como ese niño que tras mirar por horas al cielo, cierra los ojos y sigue viendo el sol.
Y aunque cada mañana me levanto contento porque se que al llegar a la oficina te volveré a ver, no puedo soportar que mi alegría dure solo ocho horas diarias, de lunes a viernes. Ya me cansó ese dolor de no tenerte. Y ese hastío me da el coraje necesario para permitir que las palabras que por tanto tiempo se acumularon en este viejo corazón por fin venzan la timidez y salgan a la luz.
Quería decirte Ana, que te amo.”

Ana observaba a don Julio con la mirada perdida, como si lo atravesara con los ojos. Sus manos cruzadas descansaban sobre la planilla que revisaba en busca de ese error que la obligó a trabajar horas extras. De repente pestañeó un par de veces, como si hubiera regresado a este mundo.
—¿Me decía algo don Julio? Estaba distraída escuchando música
Ana hablaba casi a los gritos. Su voz retumbó en la oficina vacía. Se acomodó el cabello que le cubría las orejas y se quito los auriculares.
—¿Le conté que compre un celular nuevo? —prosiguió, ahora en un tono de voz más normal— Tiene internet, GPS, cámara de video, WI-FI y reproductor de música. Tantas cosas en un aparatito tan pequeño. Es increíble la tecnología ¿no le parece?
Ana sostenía el teléfono en la palma de la mano, exhibiéndolo.
—La tecnología..la tecnología —asintió Julio forzando una sonrisa.
—¿Necesitaba algo?
—No, no… nada. No vemos mañana Ana…La tecnología, je.
Ana sonrió y lo saludó con la mano. Se puso los auriculares, buscó una nueva canción en el celular y continuó con su trabajo.
Julio salió de la oficina y encendió un cigarrillo.
—La tecnología y la puta madre que la pario.
Don Julio caminó a paso lento por Corrientes hasta lo de Fermin. Eligió una mesa junto a la ventana y pidió lo de siempre: Revuelto gramajo para uno.

Como cerrar los ojos y seguir viendo el sol. Escrito por Adrian Di Manzo ® 2010. Ilustrado por Pamela Wehrhahne